Los hombros pegados a las orejas

Carta de Resonancia · N.º 2

Hace unas semanas, en una comida que parecía tranquila, noté que tenía los hombros pegados a las orejas. No había pasado nada. Nadie había dicho nada. Pero mi cuerpo llevaba un rato en guardia, como esperando un golpe que no venía. Cuando lo solté —cuando bajé los hombros a propósito— me di cuenta de que llevaba así, sin saberlo, buena parte del día.

Y pensé: mi cuerpo se enteró antes que yo.

Pasa más de lo que creemos. Andamos tan metidos en la cabeza —resolviendo, planeando, repasando— que dejamos de habitar el cuerpo. Lo tratamos como un medio de transporte para la mente, algo que nos lleva de una tarea a otra. Y mientras tanto, él va registrando todo lo que no nos detenemos a sentir.

La mandíbula apretada al final del día. El nudo en el estómago antes de una conversación que pospusiste. El cansancio que no se quita durmiendo, porque no es del cuerpo, es de algo que el cuerpo está cargando por ti. No son fallas. Son mensajes. El cuerpo dice en voz baja lo que la mente prefiere no escuchar.

A mí me costó años entender esto. Crecí creyendo que el cuerpo era casi un estorbo —algo que había que disciplinar, ignorar cuando se quejaba, empujar más allá del cansancio—. Que sentir era perder el tiempo. Y el cuerpo, paciente, fue guardando todo lo que no quise mirar: las cosas que no dije, el llanto que me tragué, los “estoy bien” que no eran ciertos. Hasta que un día el cuerpo cobró la cuenta, como siempre termina cobrándola.

La carta continúa…

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