Cómo sanar heridas emocionales sin huir de lo que duele

Cómo sanar heridas emocionales sin huir de lo que duele

Hay cosas que creemos haber dejado atrás hasta que algo aparentemente pequeño vuelve a tocarlas. Puede ser una conversación que termina de cierta manera, una persona que tarda demasiado en responder, una crítica que en otro momento habría pasado rápido o una situación que se parece demasiado a otra que vivimos hace años. De pronto sentimos algo con una intensidad que no esperábamos y aparece una pregunta difícil de evitar: ¿por qué esto todavía me afecta?

Una respuesta muy común es pensar que, si todavía duele, entonces no hemos sanado. Como si sanar fuera llegar a un punto en el que lo ocurrido perdiera para siempre la capacidad de incomodarnos, entristecernos o despertarnos algo que creíamos resuelto.

Pero una experiencia puede haber cambiado profundamente de lugar en nuestra vida y conservar, aun así, la capacidad de tocarnos. Podemos recordar a alguien sin querer volver con esa persona, sentir tristeza por una pérdida que ya aprendimos a integrar o reconocer una vieja inseguridad sin responder hoy de la misma manera que antes.

Por eso quizá convenga empezar por una pregunta anterior: ¿qué queremos decir realmente cuando hablamos de sanar una herida emocional?

1. Qué significa una “herida emocional”

La expresión “herida emocional” aparece constantemente cuando hablamos de relaciones, infancia, pérdidas, rechazo o experiencias que nos marcaron. Es útil porque permite nombrar algo bastante intuitivo: hay experiencias que terminan y, sin embargo, pueden seguir influyendo en cómo sentimos o respondemos después.

Conviene no pedirle a esta expresión más de lo que puede dar. “Herida emocional” no es por sí misma un diagnóstico clínico y tampoco significa necesariamente que exista un trauma. La usamos aquí como una manera sencilla de hablar de experiencias dolorosas cuyo efecto puede prolongarse en el tiempo.

Sabemos, por ejemplo, que lo que vivimos durante los primeros años puede importar. Los CDC explican que la calidad de las relaciones y de los entornos en los que crecen niños y adolescentes influye en su bienestar y desarrollo, y que determinadas experiencias adversas pueden aumentar el riesgo de dificultades posteriores. Eso permite decir que nuestra historia influye. No permite concluir que cada dificultad adulta tenga una explicación escondida en la infancia o que una experiencia pasada determine inevitablemente lo que haremos después.

Influencia no significa destino.

Este matiz cambia bastante la manera de mirarnos. Si cada inseguridad tuviera que corresponder a una herida concreta, cada relación difícil confirmara algo pendiente y cada reacción intensa demostrara que “todavía no hemos sanado”, terminaríamos convirtiendo nuestra historia en una teoría capaz de explicarlo todo.

Puede haber experiencias antiguas participando en una dificultad actual. También puede haber hábitos, circunstancias, decisiones, expectativas, relaciones concretas y muchas otras variables. Comprendernos mejor no siempre consiste en encontrar la causa más profunda. A veces empieza por describir con más precisión lo que está sucediendo ahora.

2. Por qué evitar lo que duele puede funcionar durante un tiempo

Cuando algo nos resulta doloroso, alejarnos puede producir alivio. Podemos cambiar de conversación, mantenernos ocupados, evitar ciertos lugares o intentar no pensar demasiado en aquello que nos incomoda. No hay nada particularmente misterioso en esto: si algo duele, tiene sentido querer apartarse.

Por eso no conviene convertir toda evitación en un defecto. Hay momentos en los que tomar distancia puede ser sensato. Quizá hoy no queremos hablar de algo, necesitamos descansar antes de volver a una conversación o no disponemos todavía de las condiciones necesarias para acercarnos a una experiencia difícil.

El problema puede aparecer cuando esa distancia deja de ser una posibilidad y empieza a convertirse en la única respuesta que tenemos disponible.

En psicología existe un concepto llamado evitación experiencial. Se utiliza para estudiar los intentos persistentes de evitar o controlar pensamientos, emociones, recuerdos o sensaciones internas difíciles. Investigaciones sobre este concepto lo han relacionado con la inflexibilidad psicológica y con distintas medidas de malestar y calidad de vida.

Dicho de una manera más cotidiana, intentar no sentir algo puede empezar poco a poco a organizar demasiadas decisiones. Alguien puede dejar de hablar de cierto tema porque sabe que le incomoda. Con el tiempo quizá también evita determinadas conversaciones, después ciertas personas y finalmente situaciones completas en las que existe la posibilidad de volver a encontrarse con esa emoción. Lo que comenzó como una forma de reducir el malestar termina reduciendo también su margen de movimiento.

Esto no significa que cada cosa que evitamos deba ser enfrentada. Significa que vale la pena observar cuánto espacio de nuestra vida empieza a ocupar el esfuerzo por no encontrarnos con algo.

3. Enfrentarlo todo tampoco es sanar

Aquí aparece fácilmente la conclusión contraria: si evitar puede limitarnos, entonces para sanar hay que enfrentarlo todo. Hablarlo, sentirlo, volver al recuerdo, dejar que salga.

Tampoco podemos convertir eso en una regla.

Hay una diferencia entre acercarnos a una experiencia y obligarnos a atravesarla antes de estar preparados. Decidir que hoy no quieres hablar de algo no demuestra que estés huyendo para siempre. Tomar distancia de una conversación puede ser una decisión consciente. Poner un límite también puede serlo.

Esta diferencia se vuelve todavía más importante cuando hablamos de experiencias potencialmente traumáticas o de un sufrimiento que interfiere seriamente con la vida cotidiana. En esos casos existen intervenciones psicológicas específicas y formas de acompañamiento profesional que no pueden reducirse al consejo de “atrévete a sentirlo”.

La Organización Mundial de la Salud explica que algunos tratamientos para el trastorno de estrés postraumático incluyen técnicas de exposición dentro de contextos terapéuticos estructurados y seguros. En sus recomendaciones de autocuidado también señala que hablar de lo sucedido con personas de confianza puede ayudar, pero solo cuando la persona se sienta preparada para hacerlo.

No necesitamos hacer del dolor una prueba de valentía ni medir nuestro avance por cuánto somos capaces de soportar. A veces acercarnos será importante. Otras veces necesitaremos distancia, tiempo, apoyo o simplemente reconocer que hoy no podemos hacer más.

4. Entonces, ¿qué podría significar sanar?

Quizá podemos utilizar una definición más modesta que “dejar de sentir” o “superar por completo”. Podemos pensar en sanar como recuperar posibilidades de respuesta.

Imagina una situación de rechazo. Durante mucho tiempo puede haber existido una secuencia casi inmediata: alguien me rechaza y desaparezco, me cierro o empiezo a hacer todo lo posible para recuperar su aprobación. El rechazo sigue siendo desagradable, pero con el tiempo puede aparecer algo que antes no estaba: unos segundos en los que reconozco lo que estoy sintiendo y puedo decidir qué quiero hacer.

Lo mismo puede ocurrir ante un conflicto. Quizá antes cualquier tensión terminaba automáticamente en silencio o huida. Después de cierto trabajo personal, el impulso de irse puede seguir apareciendo, pero ya no necesariamente termina ahí. Podemos pedir tiempo, explicar algo, poner un límite, continuar la conversación o marcharnos si realmente consideramos que esa es la mejor decisión.

El cambio no exige necesariamente que la primera reacción desaparezca. Puede consistir en que deja de ser la única respuesta posible.

Pensado así, sanar puede tener menos que ver con borrar una parte de nuestra historia y más con ampliar el espacio que existe entre lo que sentimos y lo que hacemos con ello. Una experiencia puede volver a doler sin que todo el trabajo anterior haya desaparecido. Podemos sentir miedo y actuar de una manera nueva, recordar algo triste sin quedar atrapados durante días o notar una vieja inseguridad sin construir nuestras decisiones alrededor de ella.

Que algo siga doliendo no significa necesariamente que siga decidiendo por nosotros de la misma manera.

5. Por qué algunos patrones parecen repetirse

Hay momentos en los que miramos hacia atrás y tenemos la impresión de haber vivido la misma situación varias veces con nombres diferentes. Relaciones que terminan de formas parecidas, conflictos que vuelven, decisiones que postergamos una y otra vez o reacciones que conocemos perfectamente y aun así repetimos.

En esas situaciones resulta tentadora una frase muy extendida: “atraes lo que no has sanado”. Tiene fuerza porque ofrece una explicación sencilla para algo que puede sentirse muy confuso. Si cada repetición procediera de una herida, bastaría con encontrarla para comprender por qué seguimos llegando al mismo lugar.

El problema es que las personas somos más complicadas que esa fórmula. Nuestra historia puede influir en lo que esperamos de una relación, en aquello que nos resulta familiar o en algunas respuestas que hemos aprendido. Pero también intervienen nuestras circunstancias actuales, las personas concretas con las que nos relacionamos, los límites que ponemos o dejamos de poner, nuestros hábitos y las decisiones que tomamos. Que exista una repetición no nos dice automáticamente cuál es su causa.

Por eso puede ser más útil reconocer primero el patrón que apresurarnos a explicarlo. En lugar de empezar preguntando “¿qué herida provoca esto?”, podemos observar qué ocurre justo antes de responder siempre de la misma manera. ¿Qué pasó realmente? ¿Qué interpretamos? ¿Qué sentimos? ¿Qué hicimos a continuación?

No necesitamos reconstruir toda nuestra biografía para empezar a notar una respuesta que se repite. A veces verla con suficiente claridad ya nos permite relacionarnos con ella de otra manera.

6. Una forma sencilla de empezar a observar

No hace falta comenzar por la experiencia más dolorosa de tu vida. Puede ser más útil empezar con algo cotidiano: una discusión que suele terminar igual, una reacción frente a una crítica, una conversación que sigues posponiendo o ese momento en el que vuelves a decir que sí aunque querías decir que no.

La próxima vez que ocurra, puedes intentar observar cuatro cosas.

1. ¿Qué ocurrió realmente?

Intenta distinguir primero los hechos de la explicación que inmediatamente haces de ellos. ¿Qué dijo la otra persona? ¿Qué pasó? ¿Qué cambió? Todavía no necesitas decidir qué significa.

2. ¿Qué sentí o qué noté?

Puede ser una emoción, un pensamiento o simplemente una sensación física. Tal vez notes la mandíbula tensa, calor en el rostro, un nudo en el estómago o ganas de salir de ahí. Si identificar emociones no resulta fácil, empezar por lo que ocurre físicamente puede ofrecer algo más concreto. En Kontinuiti ya exploramos con más detalle cómo volver al presente a través del cuerpo y usar esas sensaciones como una forma sencilla de recuperar atención sobre lo que está ocurriendo.

3. ¿Qué hice casi automáticamente?

Quizá callaste, discutiste, te alejaste, intentaste agradar o cambiaste de tema. No hace falta decidir todavía si estuvo bien o mal. El ejercicio consiste primero en reconocer qué suele ocurrir.

4. Si tuviera unos segundos más para elegir, ¿qué otra respuesta sería posible?

No estamos buscando la respuesta correcta. Basta con descubrir si existe una segunda posibilidad: pedir tiempo, hacer una pregunta, decir que algo te molestó, no responder inmediatamente, poner un límite, quedarte o marcharte.

La práctica no pretende explicar de dónde viene una reacción ni resolverla en unos minutos. Su función es mucho más sencilla: empezar a distinguir entre lo que sucede y lo que hacemos inmediatamente después. Si hasta ahora parecía existir una sola respuesta y comienzas a ver dos, ya hay algo diferente que observar.

Conclusión: algo puede seguir doliendo y haber cambiado

Volver a sentir algo que creíamos resuelto puede desconcertarnos. Una fecha llega y pesa más de lo esperado. Una canción despierta un recuerdo. Nos cruzamos con alguien. Una conversación toca exactamente el lugar que pensábamos haber dejado atrás.

Es fácil interpretar ese momento como una recaída y preguntarnos por qué seguimos sintiendo lo mismo. Pero quizá no estamos exactamente en el mismo lugar, aunque la emoción se parezca.

Tal vez ahora podemos hablar de aquello que antes ni siquiera podíamos nombrar. Podemos reconocer que estamos asustados sin tomar inmediatamente una decisión desde ese miedo. Podemos pedir ayuda, retirarnos de una situación que antes soportábamos o quedarnos en una conversación de la que antes habríamos escapado.

El recuerdo puede seguir existiendo. El dolor también. La diferencia puede estar en lo que ahora somos capaces de hacer cuando aparece.

Por eso, frente a la pregunta “¿por qué todavía me duele?”, quizá podamos añadir una segunda:

¿Qué puedo hacer hoy con este dolor que antes no podía hacer?

No todo lo que forma parte de nuestra historia tiene que desaparecer para que nuestra relación con ello cambie. Algunas experiencias permanecen, pero dejan de ocupar el mismo lugar.

Y a veces sanar se parece menos a olvidar lo ocurrido que a descubrir que aquello que pasó ya no necesita decidir siempre lo que hacemos después.

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